Sobre el arte, el profesionalismo y la Ley que crea el Colegio Profesional de Artistas del Perú
Con la aprobación de la Ley que crea el Colegio Profesional de Artistas del Perú me surgió una pregunta que no he dejado de dar vueltas: ¿qué convierte realmente a una persona en un artista profesional? Porque si una ley pretende regular el ejercicio profesional de los artistas, inevitablemente parte de una forma de entender qué significa ser un artista profesional. Y es justamente ahí donde encuentro mi principal diferencia.
El profesionalismo artístico nunca me ha parecido una cuestión que pueda reducirse únicamente a un título. Tiene que ver con asumir el arte como un oficio: con el compromiso hacia el proceso creativo, con el respeto por el público y por el equipo, con la disciplina de seguir aprendiendo y con la responsabilidad de comprender el impacto que una obra puede tener en quienes la reciben.
Un título puede ser parte de ese camino y la formación académica tiene un enorme valor, pero no es la única forma de construir una trayectoria artística. Hay artistas que se forman en universidades, otros en escuelas independientes, con grandes maestros, en espacios comunitarios, dentro de sus propias familias o a través de años de práctica e investigación. Incluso hay artistas cuya principal fuente de ingresos proviene de otro trabajo porque la realidad del país no les permite vivir exclusivamente del arte. Nada de eso, por sí solo, define el profesionalismo artístico.
Esta discusión no es solo semántica. La forma en que entendemos el profesionalismo artístico también influye en quiénes son reconocidos como profesionales y, en la práctica, quiénes terminan teniendo más oportunidades que otros.
Cuando pienso en la realidad de los artistas peruanos, siento que las preguntas urgentes son otras. ¿Cómo garantizamos condiciones laborales dignas? ¿Cómo fortalecemos las políticas culturales? ¿Cómo ampliamos el acceso a la formación, a los espacios de creación y a los incentivos para desarrollar una carrera artística? ¿Cómo protegemos a quienes dedican su vida al arte en un contexto marcado por la precariedad y la informalidad? Esas son las discusiones que hoy deberían ocupar el centro del debate.
Por eso me cuesta encontrar en esta ley una respuesta a las necesidades reales del sector. No mejora nuestras condiciones de trabajo, no fortalece nuestra protección social, no amplía las oportunidades para crear ni responde a los problemas estructurales que enfrentamos quienes hacemos arte. Una norma que pretende representar a toda la comunidad artística debió construirse escuchando ampliamente a esa misma comunidad. Sin ese diálogo, resulta difícil que una ley nazca con la legitimidad y la confianza que necesita.
La ley establece entre los fines del Colegio Profesional "ordenar y supervisar el ejercicio profesional de las disciplinas artísticas". Esa es una facultad amplia cuyo alcance la propia ley no desarrolla con claridad. ¿Qué significa ordenar? ¿Qué significa supervisar? ¿Bajo qué criterios? Cuando hablamos de arte, hablamos también de libertad de creación, de pensamiento y de expresión. Precisamente por eso, cualquier norma que regule el ejercicio profesional de los artistas debe ser especialmente cuidadosa y construirse con el mayor consenso posible.
Y esa preocupación no es únicamente teórica. Si el reconocimiento profesional termina dependiendo de requisitos que muchas trayectorias artísticas no pueden acreditar, artistas con años de experiencia, un profundo reconocimiento de su comunidad o una formación distinta a la universitaria podrían encontrar mayores barreras para acceder a determinados espacios de representación, convocatorias o funciones vinculadas al Estado. Esa posibilidad, por sí sola, merece una discusión mucho más profunda.
Pero el impacto no sería solo para los artistas. También sería para el país.
Cuando se reduce la diversidad de trayectorias desde las que pueden construirse las políticas y los proyectos culturales, también se reducen las voces, las experiencias y las miradas que enriquecen nuestra cultura. El arte necesita abrir espacios, no estrecharlos.
Por estas razones, la Ley que crea el Colegio Profesional de Artistas del Perú debe derogarse y dar paso a una nueva propuesta construida junto a toda la comunidad artística. Una ley para los artistas debería protegernos antes que clasificarnos. Debería partir de las necesidades reales del sector, fortalecer nuestros derechos, ampliar nuestras oportunidades y reconocer la diversidad de trayectorias que hacen posible el arte.
El arte abre puertas, no las cierra. Su riqueza está precisamente en la diversidad de voces, experiencias y formas de aprender que conviven en él. Si algún día construimos una ley para los artistas, espero que parta de esa convicción.
El arte no necesita más barreras. Necesita más oportunidades.

Celia Ponce
Directora de Más Arte
Directora, actriz, docente y gestora cultural. Desde Más Arte impulsa espacios de formación y creación escénica, convencida de que el arte se construye desde la diversidad, el aprendizaje continuo y el encuentro con los demás.



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